domingo, febrero 19, 2006

Mi otro yo

Quizás parezca raro este título, pero tiene que ver con algunas ideas que siempre rondan en mi cabeza desde hace mucho tiempo. Bueno, quiero decir, de un tiempo para acá.
Muchas veces me pongo a recordar quien era yo cuando era una adolescente e, incluso, una muchacha muy joven, aún no egresada de la universidad o recién salida de ella.
Créanme, definitivamente, era una Lucrecia más feliz.
No quiero parecer dramática al escribir sobre la felicidad como si ahora no la tuviera, sino simplemente referir a etapas de mi vida en las que parecía, a pesar de ser mucho más joven, que sabía como vivir y moverme hacia distintos escenarios cuando uno de ellos se hubiere caido.
Tampoco puedo decir que fuera más inteligente, pero sí menos preocupada por tantas y tantas cosas que ahora parecen quitarme el sueño.
Insisto, a lo mejor es la edad de entonces, porque cuando una es muy joven, siente que la vida es eterna y que nada puede sobrevenir que nos afecte o dañe significativamente.
Cuando una es muy joven, la vida se ve "color de rosa" y todo se vuelve extrañamente nítido aun cuando las brumas nos rodeen.
Así que trato de explicar que la Lucrecia de los 15 o 21 o 23 años, es una "yo" que ya casi no se como era.
Me pregunto: ¿nos parecemos aún en algo?
La verdad, no lo se.
Esa chica en la etapa de las 15 primaveras (y miren que es literal, pues cumplo en abril), era un torbellino irrefrenable que tomaba decisiones y las sostenía, pasara lo que pasara y se opusiera el poder que fuera.
Recuerdo, de hecho, cuando solo un año antes; es decir, a mis tempranos catorce, le comuniqué a mi madre después de pensarlo intensamente, que me iría del colegio donde había estudiado toda mi vida, porque, sencillamente, ya no soportaba compartir el día a día con una compañera que, diciéndose mi amiga, me había intentado sabotear todo lo que era importante para mí, sin remordimiento alguno.
Sabía que ella no se iría porque estaba becada por el colegio, así que tendría que irme yo y así lo hice.
Por supuesto, el asombro y los intentos de manipulación por parte de mi madre y las monjas del colegio no se hcieron esperar pero, -para que vean-, nada hizo que cambiara de opinión.
Gracias a Dios triunfé en mi nueva vida escolar y hoy día, después de 28 años, puedo decir que valió la pena.
Luego, la Lucrecia de los veintiuno, era una estudiante universitaria de séptimo u octavo semestre, altamente competitiva, que no disminuía la marcha por nada del mundo.
Podía amanecer estudiando sin haber dormido ni un segundo de esas largas noches y, sin embargo, amanecer como una fresca lechuga, lista para la batalla.
Mis clases, en ese entonces, empezaban a las siete de la mañana y a esa hora ya estaba en la universidad presentando mis exámenes u oyendo clases sin perturbación alguna.
Pasaba todo el día en el campus y regresaba a eso de las cuatro de la tarde como si nada, con una energía y vitalidad a prueba de todo.
Realmente extraño a esa Lucrecia.
Claro, tenía un grupo estupendo, conformado por quienes han sido mis amigos de siempre y también compañeros de clase. Después de 25 años, seguimos queriéndonos y estando en contacto.
Algunos de ellos, están hoy fuera del país por moivos diversos, pero en mi corazón, siguen aquí mismo, donde se quedaron para no salir ya jamás.
Esa Lucrecia de 21, cumpló luego veintidós y se convirtió en la profesional que evolucionó hasta convertirse en lo que soy hoy.
La que menos me gusta de esas tres que había mencionado, es la egresada de 23 años.
A esa edad había despertado a la realidad y, entonces, me tuve que enfrentar a las primeras preocupaciones auténticas de mi vida: encontrar trabajo y demostrar que podía alcanzar el éxito.
Nada de eso se da así como así, pero hay que perseverar y, sobretodo, ser disciplinado y sistemático para lograrlo.
Lamentablemente, he sido algo desordenada e inconstante. Eso tuvo sus costos y aunque no me haya ido nada mal, se que pudo haberme ido mil veces mejor. Nada, es el precio de la auto crítica que estoy dispuesta a asumir.
El resto, ya es historia, pero aún sigo luchando por alcanzar sueños y mejores condiciones para una vida emocional y económicamente estable, porque el devenir del tiempo no se detiene y los minutos corren como aves fugitivas dejando huellas.
En resumen, si comparo un poco aquella Lucrecia con esta de ahora, puedo darme cuenta que mi otro yo tenía, independientemente de sus afectos, hobbies, intereses diversos y una mente volcada a pensar en cosas más ligeras, pero no por ello menos importantes.
Aquella Lucrecia era más distendida, más rebelde, más decidida, más alegre, más vital.
¿Será que no entiendo que ya no tengo veinte años y debo aceptar que no se siente, actúa ni piensa igual a los cuarenta y dos, casi cuarenta y tres?
Pues, no lo se, pero de lo que sí estoy segura, es que existe una sola Lucrecia inquieta, inconforme y algo consentida que no se detendrá nunca hasta llegar al "Dorado" de su vida, dondequiera que éste se encuentre.

sábado, febrero 18, 2006

La amistad


Ayer fue un día feliz para mí: después de una larga pausa, volvi a reencontrarme con viejas y buena amigas que me regalaron una tarde de alegría y mejores recuerdos.
La amistad tiene un lugar sagrado en mi corazón y creo que Bolívar la consideraba un tesoro. En todo caso, yo me siento afortunada de tener amigos. Puedo contarlos con los dedos de mis manos pero, en general, son personas sencillas, puro corazón, honestas y trabajadoras. Además, son seres humanos entre quienes puedo sentirme yo, sin disfraces, sin poses ni palabras fuera de lugar.
Para mis amigos, lo más importante, es que yo valgo por lo que soy dentro de mí misma y no por lo que el Mundo desea que sea.
Cuando estoy con mis amigos, -de paso-, me siento querida y ésa es una sensación maravillosa que no deseo perder jamás.
Por eso, ayer reí a rienda suelta; conté mis tradicionales "chistes" que sólo arrancan risas genuinas a mis amigos y no justamente por ser buenos, sino porque vienen de mí y por la forma como los cuento y también les dije a Albany y a Irene, que las quiero mucho y que no me gustaría que pasáramos mucho tiempo sin vernos, porque estar juntas me nutre, me insufla aliento, me distiende, me justifica como persona y me hace feliz.
Vamos, es que andar con amigos es estar con aquellos que jamás te harían daño sino que, al contrario, si pudieran, siempre te ayudarían, te apoyarían, reirían contigo, pero también te pondrían su hombro para que depositaras en él la carga de tus tristezas.
Andar entre amigos, es ser joven eternamente y recobrar el brillo de tu ojos que vuelven a ser ojos de niños.
En lo particular, jamás pensé que el corazón pudiera dividirse en tantos trozos iguales; todos ellos llenos del amor que profeso a mis amigos. En ellos, se halla contenido mi afecto, mi sinceridad y lealtad eternas.
Un día, hace muchos años, alguien me dijo que no creia en los amigos y hoy, no puedo sino sentir cierta tristeza por esa persona que se ha perdido de gente especial y le ha cerrado su corazón a la posibilidad de compartir la carga de la vida con aquellos que están cuando el resto se ha ido.
Desde aquí quiero pedirle a Dios que bendiga a mis amigos. Ustedes saben quienes son; no necesito nombrarlos porque esas tonterías quedan para los actos ceremoniales, y entre nosotros no cabe formulismo alguno. Gracias por ser parte de mi vida y por hacerme sentir que siempre que esté con ustedes...podré ser yo y sólo yo. ¡Los amo!

martes, febrero 14, 2006

La historia de Raquel


Se suponía que el día iba a ser especial para Raquel. Por primera vez en muchos años, pasaría un día de San Valentín sabiéndose enamorada del mejor hombre del Mundo y realmente se sentía afortunada, pues, además de estar segura de sus sentimientos, sabía que era correspondida.
Raquel es una gran amiga de toda la vida. Para resguardar su verdadera identidad, he escogido este nombre para ella, pero lo verdaderamente importante, es conocer la historia que encierran sus palabras.
Como les iba diciendo, Raquel se sentía en el Paraíso. Había conocido a Beraldo a través de su trabajo en una sucursal fuera de la ciudad.
Sin embargo, no fue sino años después cuando la chispa del amor surgió entre ellos...o bueno, eso es lo que ella pensaba.
Por esas circunstancias del destino, Beraldo fue transferido a una sucursal extranjera y estando él allá se consolidó la idea de hacer una vida juntos al regreso de éste.
Todo parecía ir bien aunque Raquel siempre me decía que notaba a Beraldo extraño; como si todo fuera más importante que ella.
Sentía, según me narraba, que evadía charlar con ella; que nunca intentó llamarla y que su entusiasmo no terminaba de convencerla.
Esperó el día señalado para conversar sobre muchas cosas, llegando a tocar el tema que le incomodaba: su actitud de tanto tiempo.
Casi mintiendo para obtener verdades, Raquel logró que Beraldo le confesara que no estaba dispuesto a abandonar su mundo para ir en pos de la felicidad con ella, una vez regresara a Venezuela.
"Nos separan muchas cosas", le había dicho.
Me cuenta mi amiga que el terminar la charla, tomó desesperada el teléfono para narrarme lo que igualmente acabo de contar aquí...con el permiso de ella.
Me preguntó, al principio, qué creía yo de todo esto y le respondí con el corazón en la mano lo que creo que explica la situación. El asunto focal de todo esto es el amor.
Casualmente en el momento de escribir estas notas, me acababa de llamar mi amiga Noris para charlar un rato y en medio de su conversación, sin yo pedírselo y sin saber nada de Raquel, me contó que cuando su hija se había ido a vivir al extranjero, ella pudo haberse matriculado en la universidad para estudiar la carrera que más le había gustado en la vida, aunque le tomase diez años hacerlo; no obstante, ante esa oportunidad siempre anhelada y popuesta y la posibilidad de ir a ver a su hija dos veces en cada año, sencillamente no había tenido duda alguna: ella escogió poder estar con su hija y había sido así porque el amor por su hija estaba por encima de todo.
En ese momento, supe la respuesta para Raquel: Beraldo, efectivamente, no la amaba, porque quien mucho ama; quien ama de verdad, apasionada e intensamente, no piensa mucho; no tiene dudas, no le importa empezar de cero.
Beraldo estaba, además, atado a su mundo, a sus cosas, a sus proyectos, a su vida; escenario en la cual no cabía Raquel.
De inmediato, llamé a mi am amiga y se lo dije; nada, se echó a llorar y me dijo una frase que se ha quedado grabada en mi mente:
"Nada, Lucre, sencillamente fracasé como mujer...sencillamente, no pude".
Raquel se refería a que sentía que no había sido capaz de conquistar el corazón de Beraldo, por más que puso su alma en ello.
A diferencia de los libros de desarrollo personal y autoestima, no pienso referirme a este capítulo en la vida de mi amiga, como una oportunidad de crecer y continuar como si nada. No; seria muy hipócrita de mi parte y me sentiría ridícula haciéndolo. ¡C laro que había pasado algo y muy delicado!
Para empezar, siento que, en parte, Raquel tiene razón: no pudo y sí; fracasó en su intento por estar con Beraldo.
A veces, la vida de ciertas mujeres, es una historia de desencuentros con el amor, pero lo que más dolor da y resulta incomprensible en esta historia, es haberla dejado llegar hasta donde llegó.
Beraldo no estaba obligado a unirse a Raquel, pero tampoco estaba en el derecho de mentirle u ocultarle la verdad que, al fin y al cabo, es lo mismo.
Permitió este chico que Raquel tejiese sueños, explorara nuevas ilusiones y sintiera que el Mundo le pertenecía cuando en realidad no tenía absolutamente nada en sus manos.
Amar no es obligado...
Y, sinceramente, tampoco soy de las que se conformaría con un amor tibio, de esos que no calientan.
Para mí, el amor tiene que ser como un torbellino que te arrase y te lleve con su furia, pase lo que pase.
El amor tiene que darlo todo por el sujeto amado; debe estar dispuesto a dar la vida y quemarse en la llama del fuego eterno.
Amar va más allá que sacar cuentas; el amor no piensa; actúa.
Así que Raquel...Beraldo no te amaba...no te ama y no creo que llegue a amarte.
No sabes cuánto me duele lo mucho que sufres, porque el dolor de un amor fallido sólo lo entienden los corazones que han sufrido lo que el tuyo sufre ahora, pero soy tu amiga; yo sí te quiero y no puedo mentirte.
Quisiera poder consolarte como se consuela a un pequeño niño, pero quizás te haría más daño con eso. Tienes que asumirlo y aprender a vivir con eso.
Para desgracia de los que más sufren, la vida sigue...inexorablemente.
"Tus ojos se cerraron y el mundo sigue andando..." ; nada más cierto que lo que dice esta canción de Gardel.
Mientras tu corazón sangra, amiga, el suyo (el de B eraldo), se irá serenando firmemenente.
Le será fácil salir adelante, porque para él, un problema fue resuelto. Para tí: un calvario apenas comienza.
Pero bueno, aquí estoy contigo, con el firme propósito de ayudar a mantenerte en pie, porque es lo que tú harías conmigo y porque es lo que nace de mi profundo cariño por tí.
Quizás en algún tiempo puedas sentir que fue un mal sueño y seguir, continuar el camino pues el corazón no deja de latir.
Mientras tanto, yo me quedo con Sabina, porque así es como yo concibo el amor:
"...morirme contigo si te matas, matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren..."

domingo, febrero 12, 2006

Don Jesús María Morales Leal...un servidor


Un día como hoy, 12 de febrero de 2006, habría cumplido 110 años mi abuelo, don Jesús María Morales Leal.
Quienes me conocen, saben lo mucho que lo amé y lo sigo amando, más allá de los límites que impone la muerte.
Abuelo, -papabuelito para todos sus nietos-, era un hombre muy especial.
Campesino desde muy joven, se casó con mi abuela, Rosalía García Fernández, un 19 de marzo de 1919. Mi abuela siempre decía que lo había enamorado estando vestida con un traje muy bonito que llevaba un lazo azul.
Abuelo nunca aprendió a leer ni a escribir; era , pues, analfabeta, sin embargo, se caracterizópor ser poseedor de una sabiduría increible. Me cuenta mami, por cierto, que nadie le ganaba en matemáticas; por algo triunfó en los negocios y fue un dueño de hatos y tierras exitoso.
Siempre nos hablaba y daba consejos y, de hecho, quedó como un legado familiar, tres reomendaciones que guardo en mi mente y pongo en práctica cada día de mi vida:
- La primera: "No dejes camino por vereda". En efecto, para él esto significaba que jamás debíamos tomar el camino más corto sólo por llegar más temprano o llegar primero.
- La segunda (lo digo textualmente en su lenguaje poco instruido, del que no me averguenzo): "No partas de arrompío"...vamos, lo que quería decir abuelo, era que jamás debíamos precipitarnos en nada; nunca tomar decisiones impulsivas y mucho menos aquellas de las que dependiera nuestro bienestar.
- Por último: "No te metas en lo que cuentas no te deje". Con esto, abuelo nos advertía que no nos involucráramos en los asuntos ajenos ni en la vida de los demás. Cada quien debía ocuparse de lo suyo y así evitar inconvenientes.
Aunque abuelo no sabía escribir ni leer, siempre quiso lo mejor para sus hijos. Por allá por los años cuarenta, les construyó una casa en la ciudad, donde irían a vivir para que todos pudiera estudiar y tener una mejor vida, quizás como él la hubiera querido para sí mismo. No es que a él le hubiera ido mal; pero tuvo que trabajar mucho, árdua y duramente para que esos sueños pudieran hacerse realidad.
De esa manera, levantó la Quinta "Rosalía" en una buena zona de la ciudad y allí se fueron yendo sus hijos a buscar y sembrar una nueva vida que germinó, porteriormente, en una segunda y tercera generaciones de profesionales universitarios; todos exitosos en sus carreras y destacados en la Sociedad donde les ha tocado vivir.
Digo estas cosas, no con poco rubor, pues no me gusta la autoalabanza, pero en realidad, lo hago porque a quien trato de alabar es a mi abuelo, por su visión de futuro y por ese amor que sembró en nosotros a quienes nos inculcó la neecesidad de progresar, de avanzar, de alcanzar...
Abuelo también era muy ocurrente. En las conversaciones que sostuve con él, me hacía reir como ninguno por las cosas que decía.
Un día de esos, hablando del tema de la Luna, de pronto, me comenta:
-"Carajo, mija...por ahí dicen que y que el hombre llegó a la Luna....pero cuando dijeron que en la Luna no había agua...¡ahí les agarré la primera mentira, porque cuando yo sembraba en cuarto menguante, era cuando más llovía...", jajaja...¿se imaginan?
Yo me lleno de ternura y de felicidad de solo recordar ese momento y ¿po qué no?, también de lágrimas que en este momento caen por mis mejillas, pues es dulce aún percibir la ingenuidad de mi abuelo, que si bien denotaba su falta de estudios, para mi significa la posibilidad de rememorar su picardía, su humor, su inocencia de hombre de campo.
En otra ocasión, me rebatía que la Tierra no se movía, porque él había sembrado en su hato muchas matas que todavía estaban en el mismo lugar.
También solía preguntarme por "...esos bombillos que mientan estrellas..." y, entonces, continuaba: "...¿quién los cambiará cuando se queman ?..."
Abuelo..papabuelo, solía presentarse a sí mismo, cuando conocía a alguien, así: "Mucho gusto, Jesús María Morales Leal, un servidor"...y cada vez que lo decía, yo me derretía de amor...
A abuelo le gustaba jugar lotería. Todos los días iba el Señor Dionisio (que en paz descanse) a la casa, cuando ya se había venido a vivir a la ciudad con nosotros, y le compraba "billeticos"...pero...¡ah! no sin antes formarle una pelea al pobre billetero, por los malos datos que le había dado el día anterior.
Guardaba su dinero en una "mochilita" y como tenía bastantes problemas de visión (jamás para el dinero, jajaja), estaba pendiente de "meterle el ojo" a ver si le faltaba algo.
Le encantaba picar a mi abuela con quien contrapunteaba en el cuatro. Abuela se ponía bravísima y le decía: "¡echale sal!". Con esto, pretendía decirle que no le hacían gracia sus chistes, pero abuelo ni se inmutaba y, por el contrario, se reía con una media sonrisa picarona que aún puedo ver perfectamente en mi memoria.
Cuando nacieron mis hijas, abuelo ya estaba en la última etapa de su vida, pero eso sí: siempre caminó derechito, con ese andar erguido, pausado y elegante que lo caracterizó.
Quiso mucho a las niñas. Se inquietaba cuando pasaban días sin verlas y, entonces, le decía a mi madrina: "Muchacha, andá a ver por qué no han venío las muchachitas..."
Siempre cargaba unos caramelitos en el bolsillo de su camisa, de esos que llaman: "Salvavidas" y tenía ya acostumbradas las niñas a dárselos cada vez que las veía.
Lo más hermoso de todo es que, a estas alturas, mis hijas aún se acuerdan de ese detalle de su bisabuelo.
Es más, lo recuerdan con mucho amor y suelen hablar de él, como "papabuelito".
En fín; podría llenar aquí miles de páginas hablando del hombre que más quise en este mundo. Un hombre de quien vengo y de quien heredé su apellido, el cual llevo con el mismo orgullo que siento de saber que fui la nieta de un hombre increible, excepcional, maravilloso y único.
Papabuelo cerró sus ojos a los 99 años, una mañana del 25 de mayo de 1995 y desde ese día, no ha habido un solo amanecer que no lo recuerde y mencione.
Feliz cumpleaños, abuelo. Te amo y amaré...siempre.
Tu nieta que te adora...Lucrecia-

Despertares


Cada vez que veo esa maravillosa película protagonizada por Robert de Niro (uno de mis actores favoritos de todos los tiempos) y Robin Williams, no puedo evitar que mi corazón lata con rapidez y las lágrimas afloren espontáneamente.
Despertares es una de las películas más bellas que han sido filmadas. En mi perfil está señalado que mi largometraje favorito es "somewhere in time", pero creo que perfectamente podría agregar éste del que les hablo ahora.
Despertares representa para mí mucho más de lo que pude ver en el film. Metafóricamente hablando, me hace pensar en todos esos períodos de la vida en los que hemos estado un poco o absolutamente ausentes del verdadero sentido de la existencia.
Me hace pensar en aquellos que se quedan como inertes; muchas veces en el pasado y no se permiten a sí mismos avanzar positivamente hacia nuevas etapas que seguramente les esperarán con nuevas satisfacciones, nuevas emociones, ilusiones y sorpresas.
Son personas quienes, entre otras cosas, llegan a castigarse a si mismas por faltas que creen haber cometido; se imponen penitencias abrumadoras o guardan rencores eternos, engavetan viejas rencillas y esperan sigilosos el "dulce" momento de una venganza que, quizás, nunca llegue. Con esto, manchan su corazón de odio y, aunque nunca hagan nada, lo inhabilitan para volver a amar, para darse nuevas oportunidades y hasta perdonarse a sí mismos, dañándose a ellos y sólo a ellos, con una actitud que los carcome por dentro y los va consumiendo poco a poco.
También se da el caso de aquellos quienes, sencillamente, se olvidaron de vivir; se conformaron con respirar el mismo aire cada mañana y observar la puesta de sol desde el mismo balcón. Para ellos, el tiempo también se detuvo como está detenido para quienes renuncian al amor y la posibilidad de ser felices.
Afortunadamente, algunos reaccionan en algún momento; se dan cuenta que la vida es hermosa y vale la pena retomar las ilusiones perdidas.
Gracias a Dios, para algunos llega el día de los despertares; de esas ocasiones en las cuales vuelven a abrir sus brazos a la vida, a mirar de frente el sol de cada mañana y respirar el aire puro de la madrugada sintiendo que aún es tiempo, que vale la pena, que no importa cuanto hayan perdido, siempre es oportuno el momento para recomenzar, para levar ancla, para brillar en medio de la noche, para soñar...
Esos despertares, se convierten en rayos de luz que alumbran los corazones más oscurecidos, debilatados por los años en suspenso los cuales, poco a poco, se abren de nuevo a la alegría, a la lucha, al optimismo y al convencimiento de que todo lo podemos lograr si realmente lo queremos, porque, sencillamente y como le digo a mis queridos y queridas estudiantes: el límite, es el Cielo...

miércoles, febrero 08, 2006

Mis respetos al pueblo wayúu


Mientras revisaba uno de los trabajos a ser incluidos en el libro homenaje a la institución académica para la cual trabajo y referido a la Matanza de Bahía Portete, -Colombia-, que hace, a la vez, alusión a la incursión en dicha localidad de grupos paramilitares el 18 de abril de 2004 que ultrajaron, torturaron y mataron indígenas wayúu allí asentados, trayendo como consecuencia el desplazamiento de más de cien familias de distintas castas residentes, no pude menos que sentir rabia y, a la vez, dolor, por la realidad que viven nuestros hermanos colombianos en general; realidad a la cual ahora se suman las comunidades indígenas.
Aunque, gracias a Dios, no he sufrido de eso que llaman el destierro del terruño, puedo imaginar lo que significa verse alguien forzado a dejar atrás su tierra, sus pertenencias, sus recuerdos...sus afectos.
Debe ser algo así como si el alma se desgarrara y el corazón se hiciera añicos para no dejar ya de sangrar jamás.
Sí, porque intuyo debe ser una herida abierta para siempre, no poder volver a pisar los lugares por donde construimos nuestras historias de vida.
Y, justamente, esa sensación de pérdida que nunca he sufrido, se ha acrecentado al comenzar a conocer un poquito más, la cultura del pueblo guajiro; un solo pueblo dividido artificialmente por la frontera que los separa en wayúu colombianos y venezolanos.
Sinceramente, siento mucha verguenza: habiendo nacido en una zona fronteriza muy cercana a esa Guajira de Gallegos plasmada magistralmente en su obra: "Sobre la misma Tierra", me veo en la necesidad de reconocer que no sabía cuán hermosa es su esencia como pueblo.
Los wayúu son soñadores...tienen una visión del mundo muy diferente a la nuestra, por la cual entienden mejor la muerte y le dan más sentido a la existencia.
Saben respetar a los ancianos y veneran la herencia matriarcal según la cual las mujeres transmiten sus valores, mantienen las tradiciones y llevan el hogar.
Las niñas son preparadas para la vida y aunque pueda entrar en conflicto con sus ideas sobre la unión entre un hombre y una mujer caracterizada por una tendencia poligámica, sencillamente las respeto, porque son su legado ancestral y para ellos es lo correcto.
¿Quién soy yo para asumir posturas y criticar la forma de ser de otros pueblos?
Además, los wayúu son valientes y, muy por el contrario de lo que muchos piensen en mi región y en Venezuela, son gente pacífica.
Creen en la trascendencia de la vida después de la muerte e igualmente honran a quienes se van a otra dimensión en la que se reencontrarán con sus seres amados.
Promueven el linaje y son fieles a sus raíces, a su tierra, a sus tradiciones... a su esencia.
Díganme ustedes: ¿puede haber mayor mérito que el de haber soportado la propaganda alijuna por tanto tiempo, preservando quienes son, a pesar de ello?
De igual forma y, sinceramente, me conmovió la dignidad y entereza del pueblo guajiro (guajiro para los venezolanos, wayúu en el corazón de cada uno de ellos).
Por eso, en este momento elevo una oración a Dios en esta noche callada y sin estrellas, para que los proteja, además de nunca volver a ser expulsados de su mma (tierra) para que así puedan seguir soñando en ella.

domingo, febrero 05, 2006

No gracias; yo no juego


Ayer sábado 04 de febrero, nos pusimos de acuerdo entre varios amigos para ir a pasar una noche diferente en un reconocido y atractivo lugar de juegos (bingo y máquinas traganíqueles), recien abierto en la ciudad.
Está ubicado en una zona privilegiada y el espectáculo que brinda ya desde fuera, es un coro de luces multicolores que deslumbran a cualquiera.
Paradójicamente, habiéndome tocado conducir un referéndum que consultaría la opinión pública maracaibera sobre su parecer acerca de la instalación de este tipo de establecimientos, jamás había visitado un lugar así, excepto cuando, de joven, estuve en uno de ellos en Aruba, más por curiosidad que por otra cosa.
Lo cierto es que ni mis amigos ni yo, jugamos. En lo particular, no juego ni lotería. Simplemente, no me gusta y jamás me he sentido atraida por el azar. Quizás se deba a que en mi casa me enseñaron que el dinero se gana trabajando y no apostando. A lo mejor, es que no soy rica y no puedo darme el lujo de botarlo, pero igual, jamás nadie ha logrado hacerme adicta ni a las cartas (barajas), ni al bingo, ni a las maquinitas, ni a la lotería, ni a nada de nada. No gracias; yo no juego.
Por eso, estando allí y disfrutando únicamente de la sana charla entre amigos, amén de la buena comida y bebida que venden a unos precios increibles, me di cuenta que no por el hecho de existir lugares así, el vicio y el caos harán sucumbir a muchos.
No niego que para personas con problemas adictivos que, en realidad, son trastornos psicosomáticos, las salas de juego representan un caramelito difícil de rechazar pero creo que en una Sociedad, es imposible convertirnos en guardianes de todo y de todos, porque los problemas y las necesidades son muy diversas.
Lo que sí deberíamos hacer es invertir más en educación en valores, para que nuestros niños de ahora sean adultos concientes de la importancia del esfuerzo diario para alcanzar las metas y, en salud, para ayudar a controlar a aquellos que sufren de diversos tipos de patologías relacionadas con el juego, con las cuales pueden destruirse a sí mismos y a su entorno familiar. Esto hablando del tema que en específico he escogido para el día de hoy.
Ahora, déjenme seguir: como les decía, estando ahí y disfrutando del buen ambiente (algo cargado de humo, lo cual no me gustó para nada porque no fumo), de la conversación, de la música chévere y de la compañía de los amigos, me acordé de algo que siempre me ha dicho mi Viejita Tati: "el que juega por necesidad, pierde por obligación" (aunque ella no le haga mucho caso a eso, porque juega lotería todos los días, jajaja), y me di cuenta que ése, no es un lugar para gente necesitada; al menos, no es el prototipo de lo que allí ví.
Sin embargo, no niego tampoco que alguno que otro sí vaya para buscar tentar la suerte y ganarse unos realitos (me encantan las palabras criollas) para pagar algunas cuentas pendientes.
En lo que a mí concierne, si todavía me provocara un día salir a jugar en una de esas máquinas "sólo para ver qué pasa", estoy segura que no tendría ninguna relevancia en mi vida, porque lo mío, sin lugar a dudas, es trabajar.