Hace ya mucho tiempo, -casi veinte años, para ser exactos-, conocí una muchacha llamada María. Me encontraba yo en una de esas situaciones en las que ocurren cambios de diverso tipo: cambio de trabajo, cambio de ciudad de residencia, de estatus de vida, entre otros aspectos y allí estaba yo, reportándome presente ante ese estado de cosas que conformaría mi nueva vida.
Así, en medio de aquel torbellino que comenzaba a envolverme, apareció María. Parece que fue ayer cuando la vi entrar a aquel sitio con su larga y negra cabellera que le llegaba casi a la cintura. Su cuerpo, recuerdo que se me pareció al de una perfecta guitarra y su cara, -eso sí-, con el rictus de esas personas serias, a las cuales es difícil sacarles una sonrisa.
Claro, no es que María fuera una persona difícil, ni amargada, no; sólo que era una muchacha bien plantada sobre la tierra, sin esos artificios que suelen verse en muchas otras personas.
Su andar también me llamó la atención: caminaba con ese paso de quienes se saben poseedores de algo que los hace especiales. Quizás ella no estuviera tan conciente de ello pero yo sí pude advertirlo.
Comencé a trabajar en aquel lugar los primeros días del mes de noviembre de 1987. Con el tiempo, María y yo fuimos interactuando cada vez más. Era una chica sencilla, criada con principios y valores. Eso sí; seria, muy seria, especialmente en su trabajo, al cual se dedicaba por entero y desempeñaba muy bien.
Poco a poco me fui enterando de varis aspectos de su vida los cuales, -obviamente-, desconocía para aquel entonces. De ellos, me llamó la atención la ausencia de un amor verdadero y el que no hubiera terminado sus estudios de bachillerato.
Sobre lo primero no podía ni tenía como intervenir pero, sobre lo segundo, me propuse hacer algo al respecto. Con el correr de los meses que, luego, se convirtieron en años, María y yo, junto a otra chica muy especial llamada Yannery, nos fuimos haciendo amigas entrañables.
Ya yo tenía dos años de graduada en la universidad y me parecía que todo el mundo debía disfrutar de la oportunidad de avanzar y forjarse un futuro. Por eso, comencé mi propaganda hacia la necesidad que ella y Yannery terminaran o prosiguieran sus estudios (Yannery sí era bachiller).
Ese trabajo nuestro y ese lugar que fue el escenario de muchas experiencias en mi vida, quedaba en la Costa Oriental del Lago, a una hora de distancia, vía terrestre, de mi ciudad natal.
Para finales de 1990, habiendo ya nacido mi segunda hija, sentí la necesidad de regresar. Cada viernes me trasladaba a Maracaibo para pasar el fin de semana en la ciudad, con mi familia de origen y cada domingo regresaba a mi nuevo hogar...siempre llorando.
Y no lloraba porque no tuviera buenas amigas y buenas vivencias, sino porque soy muy apegada a mis rutinas, a mis costumbres y a mis seres queridos.
Lo cierto es que ese momento, me pareció que era propicio para el regreso. Habiéndose dado ciertas circunstacias que favorecieron dicha posibilidad, solicité mi traslado a tierra maracaibera y lo obtuve en noviembre de 1990....tres años después de haber llegado a Ojeda.
Mantuve la comunicación con mis amigas. Nos llamábamos con cierta frecuencia y hasta yo las visitaba, de vez en cuando, cuando iba por esos lares.
Uno de esos días que ahora recuerdo con gran alegría, me enteré que María había reiniciado sus estudios y se había graduado de bachiller. Juntas, ella y Yannery, comenzaron en el tecnológico y culminaron una carrera técnica. Dios mío...¡se habían graduado!
Enseguida, ambas me lo comunicaron y María, en particular, me dijo que todo eso me lo debían a mí. Se podrán imaginar lo que sentí cuando, aquella muchacha poco expresiva, se daba el permiso a sí misma para manifestar sentimientos tan bonitos que sonaron a genuino agradecimiento.
Siguió pasando el tiempo y otro de esos días, que evoco con tristeza, me comunicaron que María estaba enferma. Aparentemente tenía un problema en sus pulmones y el cuadro empeoraba cada vez más.
La trasladaron a un hospital de Maracaibo, donde permaneció varios días en la Unidad de Cuidados Intensivos.
Una de esas madrugadas en las que, insomne, quise saber de su estado, llamé al personal de enfermeras del Universitario para que me informaran sobre María.
Aún recuerdo aquella voz que me decía: la Señorita María Quintanilla, acaba de fallecer...
De verdad, no se como describir aquel instante que parece congelado en el tiempo.
María representó para mí muchas cosas: fue mi primera imagen de aquellos años que marcaron mi vida de tantas maneras; fue también la representación de mi propio Muro de Berlín que, nuevamente, era derribado, porque me fue difícil adaptarme a todo aquello al principio y fue dificil para ellos aceptarme, tomando en cuenta que me veían como la citadina centralista que iba a mostrarles su superioridad (¿cuál superioridad?, diría yo).
Pero si María no sólo me aceptó sino que se convirtió en mi amiga, el resto, puedo decirles, que también me acogió como una más a medida que fueron trascurriendo los meses.
Hace apenas dos días atrás, hurgando en mi pequeño desastre de mi closet, me encontré una vieja nota que una vez me envió María, autogafiada por ella.
La nota revolvió en mí todos estos recuerdos y me permitió apreciar, aún más, el valor del tiempo, de las personas y del afecto.
En esa nota, ya no se advertía a una María distante, seria e inexpresiva, sino a una muchacha maravillosamente cálida y cariñosa que me decía, en sus propias palabras y con esa sencillez que compartíamos, que me quería.
Bien, yo también te quise, María y te seguiré queriendo por el resto de mi vida. Pero más importante: yo también te extraño...
Por eso, quise hacerte este pequeño homenaje a tu memoria, porque fuiste especial para mí y compartimos momentos únicos que atesoraré hasta mi último suspiro.
Descansa en paz, mi buena amiga....¡claro, verdad!.
Lucre.