jueves, junio 29, 2006

Felicitaciones, hija.


Ayer, finalmente, culminó el ciclo de clases de secundaria mi hija Luisiana. Como nos pasó a todos, está cerrando un ciclo importante de su vida el cual, cuando pase el tiempo, recordará con nostalgia pero también con alegría por haber tenido la oportunidad de haber compartido risas, alegrías, juegos, experiencias y hasta momentos no tan felices con esos compañeros y amigos de su colegio que se quedarán con ella, en su corazón y en sus recuerdos, hasta el fin de sus días.
Para mí, representa también una nueva etapa. La miro y me doy cuenta de cuan efímero es el tiempo, de cuan rápido avanza, de cuan increible es su legado.
Parece que fue ayer cuando Luisiana llegó al mundo. Recuerdo perfectamente el momento cuando escuché su llanto; mi emoción desbordada por saberme madre y su pequeñito rostro en el que deposité los dos primeros besos que le daría en su vida: uno en su mejilla y el otro en su frente.
Mi negrita...ya es hoy una joven preuniversitaria que está a punto de tomar el rumbo de su carrera profesional.
Mientras escribo esto, siento unas inmensas ganas de llorar. No es tristeza; -repito-, es nostalgia.
Sin querer, todo se entremezcla y sientes que las historias se repiten en contextos similares, con gente y experiencias diferentes.
Siento que Luisiana ha sido feliz en su colegio. Comenzó en él desde que tenía 5 años y egresa a los 17. Logró integrarse a todas las experiencias bonitas que le tocó vivir en esos años (doce, para ser exactos) y se destacó como persona y estudiante, pues estuvo en el cuadro de honor ininterrumpidamente desde que entró al colegio.
Hoy, sale de esas aulas tan queridas siendo el primer promedio de su promoción y dejando en sus maestros la imagen de una persona responsable, disciplinada, inteligente, talentosa y capaz.
Conserva muchísimas fotos de sus años de colegiala. Eso es tan hermoso, porque cuando pasen los años, podrá regresar la mirada y recrear todos esos momentos.
Recordar es vivir, dicen por ahí...
Me siento muy orgullosa de ella.
Además de excelente en sus estudios, es un precioso ser humano de buenos sentimientos, nobleza y tantas otras cualidades que mi amor de madre me harían mncionar con poco pudor.
Ahora, se abren nuevas puertas, se presentan nuevos retos y grandes expectativas para ella.
Lo único que puedo decir es que siempre estaré con ella para apoyarla, ayudarla y hacerla sentir que puede lograrlo todo con esfuerzo porque la capacidad y el amor ya están garatizados.
Desde aquí, hija mía, te bendigo y te deseo todo el éxito que mereces en tu nueva etapa universitaria, futura ingeniera industrial, porque sabes trabajar por tus metas y tienes todo el potecial que hace falta.
FELICITACIONES, LUISIANA AMADA.
Mami

domingo, junio 04, 2006

Rompiendo el silencio


Hace mucho que no escribo; lo se, pero eso sucede cuando ponemos en remojo el espíritu por cierto tiempo. A veces una necesita pensar, meditar, reflexionar, pues.
En medio de este silencio, he tenido la oportunidad de repensar muchas cosas.
Para empezar, me di cuenta que no me estaba queriendo lo suficiente a mí misma y eso es fundamental. De hecho, para poder querer a alguien, tienes que quererte tú primero, -me dije-.
Luego, entendí que no puedes forzar absolutamente nada en la vida; ni siquiera (y más importante aún), el amor. Puedes intentar poner el corazón al servicio de él; puedes esforzarte en dar lo mejor de tí; puedes entregarte por entero e igual, si no es posible, no lograrás nada.
Pero, si todavía así no encuentro eso que busco, siempre me quedará estar conmigo misma y seguir adelante con mi vida, que tiene muchos matices.
Allí están mis hijas, mi madre, mis viejitas adoradas; mi trabajo y mi mundo interior.
Todos los días salgo a la calle con la mente llena de proyectos y el alma plagada de ilusiones. Será que sigo esperando un cambio de rumbo que me sitúe en esa idílica posición de estar donde me sienta feliz.
Vamos, ya estoy clara respecto a la felicidad. Con ello me refiero a estar en un momento en el cual me sienta a gusto con el solo hecho de sentir que estoy viva y pueda salir a la calle a respirar aire fresco con esa sensación de no deberle nada a nadie.
Quizás algún día lo logre.
Quizás.
Mientras tanto, sigo esperando y sigo teniendo fe.