
Ayer, finalmente, culminó el ciclo de clases de secundaria mi hija Luisiana. Como nos pasó a todos, está cerrando un ciclo importante de su vida el cual, cuando pase el tiempo, recordará con nostalgia pero también con alegría por haber tenido la oportunidad de haber compartido risas, alegrías, juegos, experiencias y hasta momentos no tan felices con esos compañeros y amigos de su colegio que se quedarán con ella, en su corazón y en sus recuerdos, hasta el fin de sus días.
Para mí, representa también una nueva etapa. La miro y me doy cuenta de cuan efímero es el tiempo, de cuan rápido avanza, de cuan increible es su legado.
Parece que fue ayer cuando Luisiana llegó al mundo. Recuerdo perfectamente el momento cuando escuché su llanto; mi emoción desbordada por saberme madre y su pequeñito rostro en el que deposité los dos primeros besos que le daría en su vida: uno en su mejilla y el otro en su frente.
Mi negrita...ya es hoy una joven preuniversitaria que está a punto de tomar el rumbo de su carrera profesional.
Mientras escribo esto, siento unas inmensas ganas de llorar. No es tristeza; -repito-, es nostalgia.
Sin querer, todo se entremezcla y sientes que las historias se repiten en contextos similares, con gente y experiencias diferentes.
Siento que Luisiana ha sido feliz en su colegio. Comenzó en él desde que tenía 5 años y egresa a los 17. Logró integrarse a todas las experiencias bonitas que le tocó vivir en esos años (doce, para ser exactos) y se destacó como persona y estudiante, pues estuvo en el cuadro de honor ininterrumpidamente desde que entró al colegio.
Hoy, sale de esas aulas tan queridas siendo el primer promedio de su promoción y dejando en sus maestros la imagen de una persona responsable, disciplinada, inteligente, talentosa y capaz.
Conserva muchísimas fotos de sus años de colegiala. Eso es tan hermoso, porque cuando pasen los años, podrá regresar la mirada y recrear todos esos momentos.
Recordar es vivir, dicen por ahí...
Me siento muy orgullosa de ella.
Además de excelente en sus estudios, es un precioso ser humano de buenos sentimientos, nobleza y tantas otras cualidades que mi amor de madre me harían mncionar con poco pudor.
Ahora, se abren nuevas puertas, se presentan nuevos retos y grandes expectativas para ella.
Lo único que puedo decir es que siempre estaré con ella para apoyarla, ayudarla y hacerla sentir que puede lograrlo todo con esfuerzo porque la capacidad y el amor ya están garatizados.
Desde aquí, hija mía, te bendigo y te deseo todo el éxito que mereces en tu nueva etapa universitaria, futura ingeniera industrial, porque sabes trabajar por tus metas y tienes todo el potecial que hace falta.
FELICITACIONES, LUISIANA AMADA.
Mami