Quizás parezca raro este título, pero tiene que ver con algunas ideas que siempre rondan en mi cabeza desde hace mucho tiempo. Bueno, quiero decir, de un tiempo para acá.
Muchas veces me pongo a recordar quien era yo cuando era una adolescente e, incluso, una muchacha muy joven, aún no egresada de la universidad o recién salida de ella.
Créanme, definitivamente, era una Lucrecia más feliz.
No quiero parecer dramática al escribir sobre la felicidad como si ahora no la tuviera, sino simplemente referir a etapas de mi vida en las que parecía, a pesar de ser mucho más joven, que sabía como vivir y moverme hacia distintos escenarios cuando uno de ellos se hubiere caido.
Tampoco puedo decir que fuera más inteligente, pero sí menos preocupada por tantas y tantas cosas que ahora parecen quitarme el sueño.
Insisto, a lo mejor es la edad de entonces, porque cuando una es muy joven, siente que la vida es eterna y que nada puede sobrevenir que nos afecte o dañe significativamente.
Cuando una es muy joven, la vida se ve "color de rosa" y todo se vuelve extrañamente nítido aun cuando las brumas nos rodeen.
Así que trato de explicar que la Lucrecia de los 15 o 21 o 23 años, es una "yo" que ya casi no se como era.
Me pregunto: ¿nos parecemos aún en algo?
La verdad, no lo se.
Esa chica en la etapa de las 15 primaveras (y miren que es literal, pues cumplo en abril), era un torbellino irrefrenable que tomaba decisiones y las sostenía, pasara lo que pasara y se opusiera el poder que fuera.
Recuerdo, de hecho, cuando solo un año antes; es decir, a mis tempranos catorce, le comuniqué a mi madre después de pensarlo intensamente, que me iría del colegio donde había estudiado toda mi vida, porque, sencillamente, ya no soportaba compartir el día a día con una compañera que, diciéndose mi amiga, me había intentado sabotear todo lo que era importante para mí, sin remordimiento alguno.
Sabía que ella no se iría porque estaba becada por el colegio, así que tendría que irme yo y así lo hice.
Por supuesto, el asombro y los intentos de manipulación por parte de mi madre y las monjas del colegio no se hcieron esperar pero, -para que vean-, nada hizo que cambiara de opinión.
Gracias a Dios triunfé en mi nueva vida escolar y hoy día, después de 28 años, puedo decir que valió la pena.
Luego, la Lucrecia de los veintiuno, era una estudiante universitaria de séptimo u octavo semestre, altamente competitiva, que no disminuía la marcha por nada del mundo.
Podía amanecer estudiando sin haber dormido ni un segundo de esas largas noches y, sin embargo, amanecer como una fresca lechuga, lista para la batalla.
Mis clases, en ese entonces, empezaban a las siete de la mañana y a esa hora ya estaba en la universidad presentando mis exámenes u oyendo clases sin perturbación alguna.
Pasaba todo el día en el campus y regresaba a eso de las cuatro de la tarde como si nada, con una energía y vitalidad a prueba de todo.
Realmente extraño a esa Lucrecia.
Claro, tenía un grupo estupendo, conformado por quienes han sido mis amigos de siempre y también compañeros de clase. Después de 25 años, seguimos queriéndonos y estando en contacto.
Algunos de ellos, están hoy fuera del país por moivos diversos, pero en mi corazón, siguen aquí mismo, donde se quedaron para no salir ya jamás.
Esa Lucrecia de 21, cumpló luego veintidós y se convirtió en la profesional que evolucionó hasta convertirse en lo que soy hoy.
La que menos me gusta de esas tres que había mencionado, es la egresada de 23 años.
A esa edad había despertado a la realidad y, entonces, me tuve que enfrentar a las primeras preocupaciones auténticas de mi vida: encontrar trabajo y demostrar que podía alcanzar el éxito.
Nada de eso se da así como así, pero hay que perseverar y, sobretodo, ser disciplinado y sistemático para lograrlo.
Lamentablemente, he sido algo desordenada e inconstante. Eso tuvo sus costos y aunque no me haya ido nada mal, se que pudo haberme ido mil veces mejor. Nada, es el precio de la auto crítica que estoy dispuesta a asumir.
El resto, ya es historia, pero aún sigo luchando por alcanzar sueños y mejores condiciones para una vida emocional y económicamente estable, porque el devenir del tiempo no se detiene y los minutos corren como aves fugitivas dejando huellas.
En resumen, si comparo un poco aquella Lucrecia con esta de ahora, puedo darme cuenta que mi otro yo tenía, independientemente de sus afectos, hobbies, intereses diversos y una mente volcada a pensar en cosas más ligeras, pero no por ello menos importantes.
Aquella Lucrecia era más distendida, más rebelde, más decidida, más alegre, más vital.
¿Será que no entiendo que ya no tengo veinte años y debo aceptar que no se siente, actúa ni piensa igual a los cuarenta y dos, casi cuarenta y tres?
Pues, no lo se, pero de lo que sí estoy segura, es que existe una sola Lucrecia inquieta, inconforme y algo consentida que no se detendrá nunca hasta llegar al "Dorado" de su vida, dondequiera que éste se encuentre.