domingo, enero 29, 2006

La magia de una guitarra


Mi noche del sábado fue, sencillamente, una noche deliciosa. Nos reunimos en casa de unos amigos que son maravillosos anfitriones y, además, tienen un hogar acogedor preñado de música. Sí, porque no existe otro adjetivo que pueda usar en este momento.
Para más alegría, tuve la suerte de conocer a quien, sinceramente, no es sólo un virtuoso , sino, sin lugar a dudas, ¡un mago de la guitarra!
¡Dios mío....cuanto talento!
¡Cuanta maestría!
¡Cuanto sentimiento!
La idea que teníamos todos era la de escuchar a Gerardo ( mi respeto, maestro) quien, junto a mi amigo Raúl (otro virtuoso de la guitarra), harían un dúo de antología. Por supuesto que en el acompañamiento cantaríamos y nos atreveríamos a poner la percusión...
Sin embargo, Gerardo nos pidió que, al principio, escucháramos sólo la guitarra.
¡Cuanta razón tenía! porque aquella guitarra, no necesitaba más acompañamiento...
Aquella guitarra era un instrumento sublime que emanaba notas perfectas en medio de una noche perfecta.
Nos encendía el corazón y elevaba hasta el infinito. En ocasiones, parecía que sólo existía el sonido de aquella guitarra en el mundo...
Gerardo tiene que ser un enviado de Dios, porque sólo Dios puede despertar tantas emociones sublimes.
Nos paseamos por un repertorio increiblemente bello: baladas, tangos, música carioca, española, latinoamericana y...por supuesto, venezolana, para coronar con la música que nos toca cada fibra de nuestra esencia como personas: la música zuliana.
Cuando Gerardo nos dió permiso para, finalmente, acompañarlo, incorporamos, con bastante timidez, por cierto, un pequeño tambor que había en la casa; unas maracas de todos los tipos y nuestras voces que, sin ser profesionales, estaban animadas por aquel ambiente embriagador que se había apoderado de todos nuestros sentidos.
Sinceramente, Dios existe y está en cada momento único e irrepetible que toca nuestras vidas para regalarnos una brizna de felicidad.

miércoles, enero 25, 2006

Todos merecemos un buen servicio


Después de varios días buscando un celular que pudiera satisfacer mis demandas como consumidora, encontré el modelo que llenó mis expectativas (tal vez porque había encontrado poca variedad en el mercado y había poco de donde escoger) y me lancé al agua de nuevo.
Sin embargo, en el transcurso de mi búsqueda, más de una vez me tuve que enfrentar a empleadas o empleados de esas tiendas que no tenían ni la mínima idea de lo que es el servicio al cleinte.
Para empezar, desde el mismo momento cuando me aproximaba a la barra o vitrina de atención, me miraban como si un bicho y no una persona, -potencial compradora- estuviese haciendo acto de presencia.
Sinceramente, desde ese momento, ya me sentía inhibida.
Luego, con una voz displicente, me preguntaban: ¿dígame, señora?
¡Por Dios!
¿Es que acaso nadie les enseñó en su casa a dar las horas y decir, en vez de eso: "buenas tardes, ¿en qué podemos ayudarla?
Bueno, para que pensar mucho: es obvio que no.
Para colmo, el terror seguía invadiéndome cuando mirando la exhibición me daba cuenta que, o sólo había uno o dos modelos que no me gustaban o no había ninguno en absoluto.
¡Wow!; ¡viva el mercado celular!
Luego, después de hacerle la pregunta cuya respuesta ya conocía (es decir: "señorita, ¿son ésos todos los modelos que tienen?"), de nuevo la cara grotesca y la terrible:
- Sí....lo que ve allí.
Descorazonada y con un sentimiento de impotencia enorme (que raro en mí, últimamente), repreguntaba:
- ¿No sabe cuándo le llegarán más?
Y, de nuevo....¡zas!
- No señora...eso es lo que tenemos.
Casi halándome el cabello, intentaba hacer otras preguntas, pero ya era muy tarde, porque para entonces, la empleada o empleado se habían dado la vuelta y ahí estaba yo: sola, como si fuera una niña perdida...
Así, armándome de valor (para no gritarle al que fuera y destrozar media tienda, jajaja), me daba media vuelta también y salía en huída hacia el próximo agente autorizado donde habría de recibir el mismo trato.
Sin querer entrar en muchos detalles, simplemente quería llamar la atención sobre lo que les decía al principio: el servicio.
Lamentablente, no mucha gente en Venezuela entiende lo que eso significa.
Después de haber estudiado dos postgrados en gerencia y de las aleccionadoras clases de mi profesora Cándida Luna, reconozco que soy muy exigente al respecto.
Esta vez, no obstante, estuve bastante pasiva; quizás porque me han pasado muchas cosas recientemente y estoy un poco cansada, además de algo deprimida, pero creánme que no pasará mucho tiempo para que reaccione y vuelva a ser la Lucrecia de siempre: algo fastidiosa exigiendo calidad y buena atención cuando vaya de compras.
Cuando sea así, les juro que no me conformaré ni quedaré callada y exigiré, como siempre, el debido respeto como clienta porque ¡yo me lo merezco! y, si no: ellos se lo pierden.

martes, enero 24, 2006

Sigo siendo la misma


Espero que me perdonen todos aquellos que lleguen a leer lo que en este momento escribo, si suena un poco personal y, tal vez, dirigido a alguien en específico, pero es que necesito hacerlo así.
Para empezar, debo decir que cuando empecé a publicar el blog sabía que mis palabras podrían llegar a mucha gente pero, con seguridad, a un ser humano que ha sido sencillamente especial para mí.
Cuando se dice que alguien es especial, entiendo se refiere a una persona que ocupa un lugar privilegiado en nuestras vidas; bueno, entonces, le estoy escribiendo a alguien especial quien, efectivamente leyó el blog y en este instante tiene sentimientos contradictorios respecto a algunas cosas que parecieran definir quien soy.
Ahora, quiero que sepas que soy la misma que conociste hace ya tantos años y por eso debes saber que por más que he atravesado nubarrones, tormentas, pantanos y desiertos, jamás he permitido que mi esencia me abandone, porque eso sería renunciar a lo único verdaderamente auténtico en mi vida: mi capacidad de sentir. Te consta que es así.
¿Crees que la tecnología se impone a mi sensibilidad?
Pues, entonces, necesito preguntarte: ¿acaso dejaste de conocerme?
¿No ha sido, justamente, la tecnología la que permitió que cruzáramos miradas en esta dimensión desconocida para algunos, de lo virtual?
¿No ha ido la tecnología la que ha hecho posible comunicarnos a tantos niveles y de tantas maneras?
¿No debo, acaso, sólo por ello, darle gracias eternamente al desarrollo tecnológico de estos tiempos?
Sin embargo, -insisto- ello no ha desvirtuado para nada ésa que tú sueles llamar "la Lucrecia esencial".
Esa Lucrecia llena de matices que tanto conoces, capaz de afrontarlo todo y, a pesar de ello, de darse el permiso de flaquear y sucumbir cuando siente que ha llegado al foso, no puede nadie evitar que siga en mí, porque sin ella, simplemente moriría.
Perdona que te hable desde aquí y no desde donde lo hago siempre pero necesitaba decirte estas cosas sabiendo que estás muy lejos y te has sentido triste.
Tu tristeza es mi tristeza como igual hemos compartido tantas alegrías.
Has sido mi apoyo y mi fortaleza cuando creí que el mundo entero se había ido...
Sigo siendo la misma y tú sabes que es así, porque sabes quien fui, quien soy ahora y quien seré para siempre.
Let it be...let it be, let it be, let it be.....

lunes, enero 23, 2006

La sensación de libertad


Por lo general, solía afirmar con vehemencia que era una persona libre e independiente, pues no sólo tenía (y aún tengo) un espíritu inquieto, sino que me molestaba que trataran de coartarme esa libertad; sin embargo, vivir los tiempos que estamos viviendo, no es cosa fácil.

En un poco más de tres meses, he sido dos veces soprendida por la acción del hampa. La primera de ellas, por asesinos profesionales y sin escrúpulos, de manera tal que si salí viva de esa situación, sólo puedo achacárselo a las manos de Dios; la segunda de estas ocasiones, hube de entregar, nuevamente, mi celular, a un ratero común que esperaba, sigiloso, que sus víctimas pasaran descuidadas frente a él, para cometer sus fechorías.
Por supuesto que pude hacer algo para impedirlo: pude forcejear, pude intentar despojarlo de su arma, pude hacer muchas cosas, pero opté por la que me parece la más lógica: no exponer mi vida sin necesidad.

Es que no podemos saber como reaccionará la mente distorsionada de un delincuente y yo tengo dos hijas que quiero terminar de ver hacer sus vidas.
De todas formas, lo que trato de decir, es que esa libertad de la que tanto me ufanaba, es un mero recuerdo de otros tiempos cuando no había tanta inseguridad en las calles y una podía ir por ahí, tranquila, sin pensar que algún pillo sin escrúpulos pudiera amenazarte tu vida y tus bienes.
¡Qué triste! ¿verdad?.

Para colmo, está el problema de la impunidad que es cada día más grande y, en mi opinión, a esa impunidad contribuimos cuando no denunciamos; cuando no actuamos proactivamente para detener el crimen.

Gracias a Dios, pude ayudar a la policía a capturar al ratero que me robó el celular esta última vez.

Créanme, estaba tan enojada con él y conmigo misma (sí, para que vean), que me había prometido que algo iba a hacer y Dios me presentó la posibilidad de verlo cometer la misma fechoría a alguien que iba detrás de mí, apenas dos días después. Ese día, sinceramente, me sentí menos impotente y cierta satisfacción de apoderó de mí. Al menos, lo estaba haciendo pasar un mal momento y esa cuadra o esquina, se libraría de una alimaña como él.

No se cuánto tiempo quede preso, pero cumplí con mi deber ciudadano y éso es suficiente para mí.

Igual, ya no me siento libre y de nada me sirve ser independiente si no puedo disfrutarlo en condiciones de seguridad

Recuerdos de mi cuadra


Hoy pasé por casa de mis viejas, y me detuve a ver el movimiento de la cuadra donde crecí. Estaban unas niñas muy lindas caminando y conversando entre ellas...también estaban unos jóvenes jugando baloncesto en plena calle. Otras niñas más pequeñas jugaban frente a sus casas y algunos vecinos charlaban entre sí.
De pronto, me di cuenta que todos ellos eran iguales a mí; vivían allí o estaban creciendo allí, así que debíamos parecernos un poco.
No se si la cuadra de ahora sea la misma de antes, pero sentí que de alguna manera todas aquellas personas y yo estábamos interconectados.
Es bonito recordar de donde venimos para nunca perder las perspectivas. Casualmente, hoy también recordé viejas series de televisión infantiles que veía cuando era una chiquita.
Casi con lágrimas en los ojos, imaginé aquellos años cuando era tan feliz y despreocupada.
Ojalá Dios me permita ser siempre un poco niña.
Les dejo una foto de una de mis series favoritas: "Monstruos del Espacio"..¿se acuerdan?
¡Yo sí!

¿Estamos preparados para morir?; in memorian para tí A.E.


Reunida esta tarde del domingo 23 de enero entre buenos amigos, se planteó el tema de la muerte y
conversando sobre los puntos de vista de cada uno acerca de ella, nos dimos cuenta que no estamos preparados para morir y no lo estamos porque morir no es fácil si no entendemos que la muerte es parte inseparable de la vida. Y, claro, debo confesar que entre esos que no están listos, me encuentro yo.
Sin embargo, traigo a colación tal conversación, porque me llamó la atención la valerosa actitud de quien fuera la esposa de un gran amigo de siempre, recientemente fallecida.
A.E., -permítanme llamarla por las iniciales de su nombre-, supo desde antes de nacer su segundo hijo, que padecía cáncer; aun así, fue la primera en querer tener otro hijo que le hiciera compañía a su primera hija.
Incluso, al nacer su pequeño, decidió amamantarlo durante todo un año, a sabiendas que debía haberse operado y puesto en tratamiento desde hacía mucho tiempo.
No obstante, A.E. optó por el camino del amor; sí, porque sólo puede denominarse así a su comportamiento.
Y escogió amar a su familia, incluso por encima de su propia salud.
Bien dice la Biblia que el que da la vida por los demás, tiene el Cielo ganado.
Pero, siguiendo con este pequeño homenaje que deseo hacerle a su memoria, durante los diez años que batalló contra su enfermedad, nunca perdió la sonrisa, ni ese optimismo contagioso y admirable que cuentan sus amigos más cercanos tuvo hasta el final.
Cuando tuvo su primera metástasis, supe que uno de sus médicos pensaba que era el fin; sin embargo, había que conocerla para saber que ella sólo se moriría cuando Dios quisiera y no cuando la ciencia pareciera haber sentenciado.
También, durante ese tiempo, se dedicó a brindarle lo mejor de sí a los suyos y a enseñarles; a prepararles para el día que ya no estuviera entre ellos.
A.E. era psicóloga y sabía de esas cosas. Aun así...no debió ser fácil, pero lo hizo porque, de nuevo, escogió el camino del amor.
Le gustaba la música y cantaba muy bien. En el colegio de sus hijos, era sobrecogedor, por admirable, oirla cantar: "gracias a la vida que me ha dado tanto..."
Eso me lo ha dicho gente que pudo verlo....por eso lo se.
Ahora, cuando ya se ha ido, puedo decir que su ausencia es sólo física, porque sigue y seguirá presente entre quienes la conocieron y recibieron el legado de su lucha, de su optimismo y de su amor.
Quizás ella tampoco estaba preparada para morir, pero aprendió el verdadero valor de la vida, aun sabiendo que su muerte era segura: disfrutar cada minuto, celebrar los momentos que Dios le regalaba junto a sus seres más queridos y dejarles el ejemplo de esa fortaleza, valentía y ganas de vivir, por encima de sus ratos de flaqueza, que seguramente tuvo, por humana al fín.
Desde aquí, te rindo tributo y quiero que sepas que hiciste una gran labor: tus hijos son maravillosos y están sobrellevando con madurez y entereza, tu partida, con el apoyo de su padre, ese excelente hombre que tanto te amó.
Ojalá quienes te conocimos, e, incluso, los que no tuvieron ese honor, podamos aprender algo de tí; especialmente a vivir con valentía y una sonrisa en los labios, teniendo la misma certeza que tú tuviste: porque que no se nos olvide que, algún día, igual todos vamos a morir.

sábado, enero 21, 2006

En la quietud de la noche


Hoy es viernes y decidí­ quedarme en casa porque no estoy de ánimos para salir. A veces una quiere disfrutar la maravillosa experiencia de disponer de la casa sólo para una.
Mientras, he estado pegada a la computadora trabajando en la terminación de un libro (la corrección de los aportes, entre otras cosas) y charlando eventualmente, con aquellos que se asoman a la ventana de mi messenger.
Sin querer, me doy cuenta que esto de la tecnologí­a es casi como un milagro.
En 1985, año cuando me gradué, tuve que pasar todo el mes de agosto redactando mi tesis de grado a mano...sí­, como se lee.
Luego, la encomendé a una señora que se dedicaba a transcribir escritos, con una máquina eléctrica que, para la época, era una bendición.
La cuestión es que la señora lograba tipear 100 pá¡ginas al dí­a...
Por fortuna terminó a tiempo y ese octubre de 1985 me comvertí­ en una nueva profesional del paí­s.
Pero, volviendo al asunto de la tecnologí­a, lo traí­a a colación porque ella nos ha cambiado la vida a más de uno.
Por no decir más, esto de poder trabajar con la comodidad de una computadora, accediendo a la red a través de una conexión de alta velocidad, en un lugar apacible, adecuado, agradable...¡por favor! creo que es lo mejor que pudo pasarme.
Disfruto mucho trabajar pero más a sabiendas que existen tantas innovaciones tecnológicas que nos apoyan al respecto.
Siendo una académica, me muero por esas ayudas: ya dije, la computadora, el pen drive, la internet y como simple persona, la televisión por cable, el celular, el microondas, el MP3, entre tantas otras facilidades de la vida de hoy.
Confieso que soy una romántica sensiblera a veces, y, en ocasiones, desearí­a regresar el tiempo y haber vivido en otras épocas, pero cuando ¡ay! me acuerdo de la falta de tecnologí­a de ellas, sonrí­o y me digo a mí­ misma....no...que va...mejor me quedo aquí­.
En todo caso, siempre podré disfrutar de esa hermosa pelí­cula "somewhere in time", que nombraron en español: "Dile al tiempo que vuelva", con Seymor y Reeves, que me encanta, no sólo por esa fantasía que todos tenemos de regresar al pasado, sino por lo que significa ver una historia dedicada a esos amores que son capaces de traspasar el tiempo.
En fí­n...fí­jense lo que hace un viernes, sola en casa, en la quietud de esta noche que me guardé sólo para mí­.