
Ayer sábado 04 de febrero, nos pusimos de acuerdo entre varios amigos para ir a pasar una noche diferente en un reconocido y atractivo lugar de juegos (bingo y máquinas traganíqueles), recien abierto en la ciudad.
Está ubicado en una zona privilegiada y el espectáculo que brinda ya desde fuera, es un coro de luces multicolores que deslumbran a cualquiera.
Paradójicamente, habiéndome tocado conducir un referéndum que consultaría la opinión pública maracaibera sobre su parecer acerca de la instalación de este tipo de establecimientos, jamás había visitado un lugar así, excepto cuando, de joven, estuve en uno de ellos en Aruba, más por curiosidad que por otra cosa.
Lo cierto es que ni mis amigos ni yo, jugamos. En lo particular, no juego ni lotería. Simplemente, no me gusta y jamás me he sentido atraida por el azar. Quizás se deba a que en mi casa me enseñaron que el dinero se gana trabajando y no apostando. A lo mejor, es que no soy rica y no puedo darme el lujo de botarlo, pero igual, jamás nadie ha logrado hacerme adicta ni a las cartas (barajas), ni al bingo, ni a las maquinitas, ni a la lotería, ni a nada de nada. No gracias; yo no juego.
Por eso, estando allí y disfrutando únicamente de la sana charla entre amigos, amén de la buena comida y bebida que venden a unos precios increibles, me di cuenta que no por el hecho de existir lugares así, el vicio y el caos harán sucumbir a muchos.
No niego que para personas con problemas adictivos que, en realidad, son trastornos psicosomáticos, las salas de juego representan un caramelito difícil de rechazar pero creo que en una Sociedad, es imposible convertirnos en guardianes de todo y de todos, porque los problemas y las necesidades son muy diversas.
Lo que sí deberíamos hacer es invertir más en educación en valores, para que nuestros niños de ahora sean adultos concientes de la importancia del esfuerzo diario para alcanzar las metas y, en salud, para ayudar a controlar a aquellos que sufren de diversos tipos de patologías relacionadas con el juego, con las cuales pueden destruirse a sí mismos y a su entorno familiar. Esto hablando del tema que en específico he escogido para el día de hoy.
Ahora, déjenme seguir: como les decía, estando ahí y disfrutando del buen ambiente (algo cargado de humo, lo cual no me gustó para nada porque no fumo), de la conversación, de la música chévere y de la compañía de los amigos, me acordé de algo que siempre me ha dicho mi Viejita Tati: "el que juega por necesidad, pierde por obligación" (aunque ella no le haga mucho caso a eso, porque juega lotería todos los días, jajaja), y me di cuenta que ése, no es un lugar para gente necesitada; al menos, no es el prototipo de lo que allí ví.
Sin embargo, no niego tampoco que alguno que otro sí vaya para buscar tentar la suerte y ganarse unos realitos (me encantan las palabras criollas) para pagar algunas cuentas pendientes.
En lo que a mí concierne, si todavía me provocara un día salir a jugar en una de esas máquinas "sólo para ver qué pasa", estoy segura que no tendría ninguna relevancia en mi vida, porque lo mío, sin lugar a dudas, es trabajar.