
Mi noche del sábado fue, sencillamente, una noche deliciosa. Nos reunimos en casa de unos amigos que son maravillosos anfitriones y, además, tienen un hogar acogedor preñado de música. Sí, porque no existe otro adjetivo que pueda usar en este momento.
Para más alegría, tuve la suerte de conocer a quien, sinceramente, no es sólo un virtuoso , sino, sin lugar a dudas, ¡un mago de la guitarra!
¡Dios mío....cuanto talento!
¡Cuanta maestría!
¡Cuanto sentimiento!
La idea que teníamos todos era la de escuchar a Gerardo ( mi respeto, maestro) quien, junto a mi amigo Raúl (otro virtuoso de la guitarra), harían un dúo de antología. Por supuesto que en el acompañamiento cantaríamos y nos atreveríamos a poner la percusión...
Sin embargo, Gerardo nos pidió que, al principio, escucháramos sólo la guitarra.
¡Cuanta razón tenía! porque aquella guitarra, no necesitaba más acompañamiento...
Aquella guitarra era un instrumento sublime que emanaba notas perfectas en medio de una noche perfecta.
Nos encendía el corazón y elevaba hasta el infinito. En ocasiones, parecía que sólo existía el sonido de aquella guitarra en el mundo...
Gerardo tiene que ser un enviado de Dios, porque sólo Dios puede despertar tantas emociones sublimes.
Nos paseamos por un repertorio increiblemente bello: baladas, tangos, música carioca, española, latinoamericana y...por supuesto, venezolana, para coronar con la música que nos toca cada fibra de nuestra esencia como personas: la música zuliana.
Cuando Gerardo nos dió permiso para, finalmente, acompañarlo, incorporamos, con bastante timidez, por cierto, un pequeño tambor que había en la casa; unas maracas de todos los tipos y nuestras voces que, sin ser profesionales, estaban animadas por aquel ambiente embriagador que se había apoderado de todos nuestros sentidos.
Sinceramente, Dios existe y está en cada momento único e irrepetible que toca nuestras vidas para regalarnos una brizna de felicidad.