miércoles, enero 25, 2006

Todos merecemos un buen servicio


Después de varios días buscando un celular que pudiera satisfacer mis demandas como consumidora, encontré el modelo que llenó mis expectativas (tal vez porque había encontrado poca variedad en el mercado y había poco de donde escoger) y me lancé al agua de nuevo.
Sin embargo, en el transcurso de mi búsqueda, más de una vez me tuve que enfrentar a empleadas o empleados de esas tiendas que no tenían ni la mínima idea de lo que es el servicio al cleinte.
Para empezar, desde el mismo momento cuando me aproximaba a la barra o vitrina de atención, me miraban como si un bicho y no una persona, -potencial compradora- estuviese haciendo acto de presencia.
Sinceramente, desde ese momento, ya me sentía inhibida.
Luego, con una voz displicente, me preguntaban: ¿dígame, señora?
¡Por Dios!
¿Es que acaso nadie les enseñó en su casa a dar las horas y decir, en vez de eso: "buenas tardes, ¿en qué podemos ayudarla?
Bueno, para que pensar mucho: es obvio que no.
Para colmo, el terror seguía invadiéndome cuando mirando la exhibición me daba cuenta que, o sólo había uno o dos modelos que no me gustaban o no había ninguno en absoluto.
¡Wow!; ¡viva el mercado celular!
Luego, después de hacerle la pregunta cuya respuesta ya conocía (es decir: "señorita, ¿son ésos todos los modelos que tienen?"), de nuevo la cara grotesca y la terrible:
- Sí....lo que ve allí.
Descorazonada y con un sentimiento de impotencia enorme (que raro en mí, últimamente), repreguntaba:
- ¿No sabe cuándo le llegarán más?
Y, de nuevo....¡zas!
- No señora...eso es lo que tenemos.
Casi halándome el cabello, intentaba hacer otras preguntas, pero ya era muy tarde, porque para entonces, la empleada o empleado se habían dado la vuelta y ahí estaba yo: sola, como si fuera una niña perdida...
Así, armándome de valor (para no gritarle al que fuera y destrozar media tienda, jajaja), me daba media vuelta también y salía en huída hacia el próximo agente autorizado donde habría de recibir el mismo trato.
Sin querer entrar en muchos detalles, simplemente quería llamar la atención sobre lo que les decía al principio: el servicio.
Lamentablente, no mucha gente en Venezuela entiende lo que eso significa.
Después de haber estudiado dos postgrados en gerencia y de las aleccionadoras clases de mi profesora Cándida Luna, reconozco que soy muy exigente al respecto.
Esta vez, no obstante, estuve bastante pasiva; quizás porque me han pasado muchas cosas recientemente y estoy un poco cansada, además de algo deprimida, pero creánme que no pasará mucho tiempo para que reaccione y vuelva a ser la Lucrecia de siempre: algo fastidiosa exigiendo calidad y buena atención cuando vaya de compras.
Cuando sea así, les juro que no me conformaré ni quedaré callada y exigiré, como siempre, el debido respeto como clienta porque ¡yo me lo merezco! y, si no: ellos se lo pierden.