lunes, enero 23, 2006

La sensación de libertad


Por lo general, solía afirmar con vehemencia que era una persona libre e independiente, pues no sólo tenía (y aún tengo) un espíritu inquieto, sino que me molestaba que trataran de coartarme esa libertad; sin embargo, vivir los tiempos que estamos viviendo, no es cosa fácil.

En un poco más de tres meses, he sido dos veces soprendida por la acción del hampa. La primera de ellas, por asesinos profesionales y sin escrúpulos, de manera tal que si salí viva de esa situación, sólo puedo achacárselo a las manos de Dios; la segunda de estas ocasiones, hube de entregar, nuevamente, mi celular, a un ratero común que esperaba, sigiloso, que sus víctimas pasaran descuidadas frente a él, para cometer sus fechorías.
Por supuesto que pude hacer algo para impedirlo: pude forcejear, pude intentar despojarlo de su arma, pude hacer muchas cosas, pero opté por la que me parece la más lógica: no exponer mi vida sin necesidad.

Es que no podemos saber como reaccionará la mente distorsionada de un delincuente y yo tengo dos hijas que quiero terminar de ver hacer sus vidas.
De todas formas, lo que trato de decir, es que esa libertad de la que tanto me ufanaba, es un mero recuerdo de otros tiempos cuando no había tanta inseguridad en las calles y una podía ir por ahí, tranquila, sin pensar que algún pillo sin escrúpulos pudiera amenazarte tu vida y tus bienes.
¡Qué triste! ¿verdad?.

Para colmo, está el problema de la impunidad que es cada día más grande y, en mi opinión, a esa impunidad contribuimos cuando no denunciamos; cuando no actuamos proactivamente para detener el crimen.

Gracias a Dios, pude ayudar a la policía a capturar al ratero que me robó el celular esta última vez.

Créanme, estaba tan enojada con él y conmigo misma (sí, para que vean), que me había prometido que algo iba a hacer y Dios me presentó la posibilidad de verlo cometer la misma fechoría a alguien que iba detrás de mí, apenas dos días después. Ese día, sinceramente, me sentí menos impotente y cierta satisfacción de apoderó de mí. Al menos, lo estaba haciendo pasar un mal momento y esa cuadra o esquina, se libraría de una alimaña como él.

No se cuánto tiempo quede preso, pero cumplí con mi deber ciudadano y éso es suficiente para mí.

Igual, ya no me siento libre y de nada me sirve ser independiente si no puedo disfrutarlo en condiciones de seguridad

Recuerdos de mi cuadra


Hoy pasé por casa de mis viejas, y me detuve a ver el movimiento de la cuadra donde crecí. Estaban unas niñas muy lindas caminando y conversando entre ellas...también estaban unos jóvenes jugando baloncesto en plena calle. Otras niñas más pequeñas jugaban frente a sus casas y algunos vecinos charlaban entre sí.
De pronto, me di cuenta que todos ellos eran iguales a mí; vivían allí o estaban creciendo allí, así que debíamos parecernos un poco.
No se si la cuadra de ahora sea la misma de antes, pero sentí que de alguna manera todas aquellas personas y yo estábamos interconectados.
Es bonito recordar de donde venimos para nunca perder las perspectivas. Casualmente, hoy también recordé viejas series de televisión infantiles que veía cuando era una chiquita.
Casi con lágrimas en los ojos, imaginé aquellos años cuando era tan feliz y despreocupada.
Ojalá Dios me permita ser siempre un poco niña.
Les dejo una foto de una de mis series favoritas: "Monstruos del Espacio"..¿se acuerdan?
¡Yo sí!

¿Estamos preparados para morir?; in memorian para tí A.E.


Reunida esta tarde del domingo 23 de enero entre buenos amigos, se planteó el tema de la muerte y
conversando sobre los puntos de vista de cada uno acerca de ella, nos dimos cuenta que no estamos preparados para morir y no lo estamos porque morir no es fácil si no entendemos que la muerte es parte inseparable de la vida. Y, claro, debo confesar que entre esos que no están listos, me encuentro yo.
Sin embargo, traigo a colación tal conversación, porque me llamó la atención la valerosa actitud de quien fuera la esposa de un gran amigo de siempre, recientemente fallecida.
A.E., -permítanme llamarla por las iniciales de su nombre-, supo desde antes de nacer su segundo hijo, que padecía cáncer; aun así, fue la primera en querer tener otro hijo que le hiciera compañía a su primera hija.
Incluso, al nacer su pequeño, decidió amamantarlo durante todo un año, a sabiendas que debía haberse operado y puesto en tratamiento desde hacía mucho tiempo.
No obstante, A.E. optó por el camino del amor; sí, porque sólo puede denominarse así a su comportamiento.
Y escogió amar a su familia, incluso por encima de su propia salud.
Bien dice la Biblia que el que da la vida por los demás, tiene el Cielo ganado.
Pero, siguiendo con este pequeño homenaje que deseo hacerle a su memoria, durante los diez años que batalló contra su enfermedad, nunca perdió la sonrisa, ni ese optimismo contagioso y admirable que cuentan sus amigos más cercanos tuvo hasta el final.
Cuando tuvo su primera metástasis, supe que uno de sus médicos pensaba que era el fin; sin embargo, había que conocerla para saber que ella sólo se moriría cuando Dios quisiera y no cuando la ciencia pareciera haber sentenciado.
También, durante ese tiempo, se dedicó a brindarle lo mejor de sí a los suyos y a enseñarles; a prepararles para el día que ya no estuviera entre ellos.
A.E. era psicóloga y sabía de esas cosas. Aun así...no debió ser fácil, pero lo hizo porque, de nuevo, escogió el camino del amor.
Le gustaba la música y cantaba muy bien. En el colegio de sus hijos, era sobrecogedor, por admirable, oirla cantar: "gracias a la vida que me ha dado tanto..."
Eso me lo ha dicho gente que pudo verlo....por eso lo se.
Ahora, cuando ya se ha ido, puedo decir que su ausencia es sólo física, porque sigue y seguirá presente entre quienes la conocieron y recibieron el legado de su lucha, de su optimismo y de su amor.
Quizás ella tampoco estaba preparada para morir, pero aprendió el verdadero valor de la vida, aun sabiendo que su muerte era segura: disfrutar cada minuto, celebrar los momentos que Dios le regalaba junto a sus seres más queridos y dejarles el ejemplo de esa fortaleza, valentía y ganas de vivir, por encima de sus ratos de flaqueza, que seguramente tuvo, por humana al fín.
Desde aquí, te rindo tributo y quiero que sepas que hiciste una gran labor: tus hijos son maravillosos y están sobrellevando con madurez y entereza, tu partida, con el apoyo de su padre, ese excelente hombre que tanto te amó.
Ojalá quienes te conocimos, e, incluso, los que no tuvieron ese honor, podamos aprender algo de tí; especialmente a vivir con valentía y una sonrisa en los labios, teniendo la misma certeza que tú tuviste: porque que no se nos olvide que, algún día, igual todos vamos a morir.