
Un día como hoy, 12 de febrero de 2006, habría cumplido 110 años mi abuelo, don Jesús María Morales Leal.
Quienes me conocen, saben lo mucho que lo amé y lo sigo amando, más allá de los límites que impone la muerte.
Abuelo, -papabuelito para todos sus nietos-, era un hombre muy especial.
Campesino desde muy joven, se casó con mi abuela, Rosalía García Fernández, un 19 de marzo de 1919. Mi abuela siempre decía que lo había enamorado estando vestida con un traje muy bonito que llevaba un lazo azul.
Abuelo nunca aprendió a leer ni a escribir; era , pues, analfabeta, sin embargo, se caracterizópor ser poseedor de una sabiduría increible. Me cuenta mami, por cierto, que nadie le ganaba en matemáticas; por algo triunfó en los negocios y fue un dueño de hatos y tierras exitoso.
Siempre nos hablaba y daba consejos y, de hecho, quedó como un legado familiar, tres reomendaciones que guardo en mi mente y pongo en práctica cada día de mi vida:
- La primera: "No dejes camino por vereda". En efecto, para él esto significaba que jamás debíamos tomar el camino más corto sólo por llegar más temprano o llegar primero.
- La segunda (lo digo textualmente en su lenguaje poco instruido, del que no me averguenzo): "No partas de arrompío"...vamos, lo que quería decir abuelo, era que jamás debíamos precipitarnos en nada; nunca tomar decisiones impulsivas y mucho menos aquellas de las que dependiera nuestro bienestar.
- Por último: "No te metas en lo que cuentas no te deje". Con esto, abuelo nos advertía que no nos involucráramos en los asuntos ajenos ni en la vida de los demás. Cada quien debía ocuparse de lo suyo y así evitar inconvenientes.
Aunque abuelo no sabía escribir ni leer, siempre quiso lo mejor para sus hijos. Por allá por los años cuarenta, les construyó una casa en la ciudad, donde irían a vivir para que todos pudiera estudiar y tener una mejor vida, quizás como él la hubiera querido para sí mismo. No es que a él le hubiera ido mal; pero tuvo que trabajar mucho, árdua y duramente para que esos sueños pudieran hacerse realidad.
De esa manera, levantó la Quinta "Rosalía" en una buena zona de la ciudad y allí se fueron yendo sus hijos a buscar y sembrar una nueva vida que germinó, porteriormente, en una segunda y tercera generaciones de profesionales universitarios; todos exitosos en sus carreras y destacados en la Sociedad donde les ha tocado vivir.
Digo estas cosas, no con poco rubor, pues no me gusta la autoalabanza, pero en realidad, lo hago porque a quien trato de alabar es a mi abuelo, por su visión de futuro y por ese amor que sembró en nosotros a quienes nos inculcó la neecesidad de progresar, de avanzar, de alcanzar...
Abuelo también era muy ocurrente. En las conversaciones que sostuve con él, me hacía reir como ninguno por las cosas que decía.
Un día de esos, hablando del tema de la Luna, de pronto, me comenta:
-"Carajo, mija...por ahí dicen que y que el hombre llegó a la Luna....pero cuando dijeron que en la Luna no había agua...¡ahí les agarré la primera mentira, porque cuando yo sembraba en cuarto menguante, era cuando más llovía...", jajaja...¿se imaginan?
Yo me lleno de ternura y de felicidad de solo recordar ese momento y ¿po qué no?, también de lágrimas que en este momento caen por mis mejillas, pues es dulce aún percibir la ingenuidad de mi abuelo, que si bien denotaba su falta de estudios, para mi significa la posibilidad de rememorar su picardía, su humor, su inocencia de hombre de campo.
En otra ocasión, me rebatía que la Tierra no se movía, porque él había sembrado en su hato muchas matas que todavía estaban en el mismo lugar.
También solía preguntarme por "...esos bombillos que mientan estrellas..." y, entonces, continuaba: "...¿quién los cambiará cuando se queman ?..."
Abuelo..papabuelo, solía presentarse a sí mismo, cuando conocía a alguien, así: "Mucho gusto, Jesús María Morales Leal, un servidor"...y cada vez que lo decía, yo me derretía de amor...
A abuelo le gustaba jugar lotería. Todos los días iba el Señor Dionisio (que en paz descanse) a la casa, cuando ya se había venido a vivir a la ciudad con nosotros, y le compraba "billeticos"...pero...¡ah! no sin antes formarle una pelea al pobre billetero, por los malos datos que le había dado el día anterior.
Guardaba su dinero en una "mochilita" y como tenía bastantes problemas de visión (jamás para el dinero, jajaja), estaba pendiente de "meterle el ojo" a ver si le faltaba algo.
Le encantaba picar a mi abuela con quien contrapunteaba en el cuatro. Abuela se ponía bravísima y le decía: "¡echale sal!". Con esto, pretendía decirle que no le hacían gracia sus chistes, pero abuelo ni se inmutaba y, por el contrario, se reía con una media sonrisa picarona que aún puedo ver perfectamente en mi memoria.
Cuando nacieron mis hijas, abuelo ya estaba en la última etapa de su vida, pero eso sí: siempre caminó derechito, con ese andar erguido, pausado y elegante que lo caracterizó.
Quiso mucho a las niñas. Se inquietaba cuando pasaban días sin verlas y, entonces, le decía a mi madrina: "Muchacha, andá a ver por qué no han venío las muchachitas..."
Siempre cargaba unos caramelitos en el bolsillo de su camisa, de esos que llaman: "Salvavidas" y tenía ya acostumbradas las niñas a dárselos cada vez que las veía.
Lo más hermoso de todo es que, a estas alturas, mis hijas aún se acuerdan de ese detalle de su bisabuelo.
Es más, lo recuerdan con mucho amor y suelen hablar de él, como "papabuelito".
En fín; podría llenar aquí miles de páginas hablando del hombre que más quise en este mundo. Un hombre de quien vengo y de quien heredé su apellido, el cual llevo con el mismo orgullo que siento de saber que fui la nieta de un hombre increible, excepcional, maravilloso y único.
Papabuelo cerró sus ojos a los 99 años, una mañana del 25 de mayo de 1995 y desde ese día, no ha habido un solo amanecer que no lo recuerde y mencione.
Feliz cumpleaños, abuelo. Te amo y amaré...siempre.
Tu nieta que te adora...Lucrecia-