
La Semana Santa ha terminado. Hoy se celebra el domingo de resurrección y para los simples mortales, el fin de unos días de descanso, de meditación y hasta de diversión.
En lo particular, me quedé en casa a disfrutar de la tranquilidad de la ciudad; prácticamente sola ante la movilización de cientos de personas que prefirieron salir de paseo hacia destinos muy diversos.
De todas maneras, más que disfrutar de la soledad de mi ciudad, me quedé en caso descansando, escribiendo, leyendo, cocinando y viendo televisión. Nada malo, por cierto. Sólo un día salí a un supermercado y el otro a disfrutar de un almuerzo rodeada de la compañía de mis amigas del colegio.
Como siempre, nos sentimos más que a gusto juntas; conversamos, bromeamos, opinamos sobre casi cualquier cosa, reimos y hasta lloramos. Sin embargo, lo que realmente nos hace sentir felices en cada uno de estos encuentros, es el valor de la amistad en sí misma; es decir, el poder ser nosotras mismas, sin caretas, sin poses, sin secretos, sabiendo que quienes están allí, serían incapaces de hacernos daño porque nos une una infancia en común; aquellos primeros años que empezaron a decantar nuestras vidas, a tejer el futuro y a propiciar lo que hoy somos: quizás aquellas mismas niñas, pero con los años y la experiencia que da la vida; con aquello que nos aportó en todo este tiempo y también con aquello que nos quitó o nos dejó a medias.
La verdad, hoy miraba a mis amigas con más detenimiento que nunca. Ellas no lo sabían, pero una sonrisa se dibujaba en mi corazón al escuchar a cada una de ellas, porque mientras lo hacían, me di cuenta de lo grandes que son; de lo muy valientes y fuertes; de lo recias, sensibles; vamos, valiosas en el más amplio sentido de la palabra.
En realidad, sentí una especie de orgullo de ser parte de sus vidas, de poder contar con ellas y de poder sentir que ellas también podían contar conmigo. Por fortuna y gracias al milagro de la tecnología, pudimos reencontrarnos y volver a estar juntas.
En mi caso, sus caras de hoy me hicieron recordar escenas de mi niñez en las cuales todas fuimos protagonistas. ¿Qué lazo puede ser más poderoso?
En fin, espero que todos y todas hayan podido también disfrutar de unos días de quietud y sana alegría como los que yo tuve esta Semana Santa 2010.
¡Dios les bendiga a todos!