
El pasado 8 de marzo, día Internacional de la Mujer, tuve la oportunidad de asistir al "Encuentro de Jóvenes Emprendedores" con el ex presidente Luis Alberto Lacalle Herrera, de Uruguay.
La jornada se desarrolló en la Cámara de Comercio de Maracaibo, en horas del mediodía y contó con la participación de estudiantes de diversas carreras en varias universidades de la región.
La principal atracción de este encuentro, era saber que estaríamos en presencia de uno de los cofundadores del Mercosur pues, durante su período, se había suscrito el Tratado de Montenvideo, en 1991, que dio origen a dicho esquema de integración.
Como investigadora en Integración Latinoamericana, necesitaba escucharle y entender el verdadero alcance de este acuerdo, ahora que Venezuela ha signado el Protocolo de Caracas, el 4 de julio de 2006, que le adhiere al mismo con pretensiones de pleno derecho.
En tal sentido, me llamó la atención la concepción que tiene Lacalle sobre el Mercosur: lo concibe dentro de lo estrictamente económico-comercial y señalaba que no tenía aspiraciones de supranacionalidad ni creía, -él-, en una unión política futura, con base en estas primeras aproximaciones subregionales.
Insistía en que debíamos centrarnos en el terreno de lo posible, pues lo imposible no tenía base racional. Además, nos hizo recordar las profundas diferencias que existen entre algunos gobiernos y pueblos de América del Sur (Uruguay con Brasil y Argentina, por ejemplo), insistiendo en que Uruguay, por ser un pais de pequeñas dimensiones geográficas, era probable que terminara siendo cubierto (arropado, ensombrecido, tal vez), por naciones como Brasil, a la cual le endilgara una vocación de dominio por sus colosales dimensiones territoriales.
Me irrité un poco por su vehemente defensa de lo puramente económico-comercial por encima de ese sueño que aún albergamos muchos latinoamericanos: el de la unión verdadera, más allá de las fronteras físicas. Por eso quise comentarle mi propia visión de la integración y hacerle una pregunta en concreto.
Sin intención de resultar arrogante, me pareció haberlo tocado con mi intervención.
Me respondió que no quería parecer un ogro anti integracionista, sino que simplemente prefería moverse en el plano de lo factible. Luego, se extendió en otros aspectos que me demostraron que estaba ante un hombre que había tomado decisiones que trascenderían el tiempo.
Me sobrecogió entender que este personaje había ejercido el más alto liderazgo político en su país. Era un estadista, un gobernante, un dirigente con "D" mayúscula. Además, su experiencia como presidente fue la de un demócrata que un día tuvo el voto favorable de su pueblo y en un solo período escribió, con ribetes dorados, parte de la historia de América del Sur.
Sólo por eso, merece admiración y respeto.