
Hace tres días aproximadamente, tres delincuentes armados violaron la seguridad del edificio donde vivo, sometiendo a uno de sus residentes y rompiendo parcialmente la puerta de entrada de uno de los apartamentos al cual, afortunamente, no pudieron ingresar.
Lo más insólito, sin embargo, es que los antisociales, al darse cuenta que no podrían terminar de abrir la puerta de seguridad del referido inmueble, salieron tranquilamente delante del conserje, su hermano y otro copropietario que se hallaba en el lugar.
Al enterarnos, como es lógico, la mayoría bajó a interesarse por lo ocurrido. Las versiones iban y venían; todos teníamos una idea de lo que pudo haber pasado y, claro, como es de suponerse, comenzaron las acusaciones, las culpas latentes y las conjeturas de siempre. Para nada, porque el hecho es que los potenciales ladrones casi logran su cometido y yo diría que sí lo alcanzaron porque ya nos demostraron que podrían entrar y hacerlo a plena luz del día, como si nada.
Llamamos a la policía. ¿No es eso, acaso, lo que se hace en tales circunstancias?
Aun así, la policiía nunca llegó.
¿Increible?
Para nada. Es lo que siempre sucede.
De hecho, hace un tiempo atrás, después de un incidente que se produjera en la propia entrada de mi edificio y relacionado con un amigo de una de mis hijas, personalmente llamé al 171 y expliqué la situación —un joven "encañonado" a altas horas de la noche— sin resultado alguno, porque la policía, de nuevo, no llegó.
Con tanta inseguridad que enfrentamos los venezolanos, al menos deberíamos contar con el respaldo de los cuerpos policiales para combatir el crimen. La tragedia es que tampoco contamos con ellos.
¿La solución?
La verdad, no se qué decir al respecto. No soy experta en criminalística, y desafortunamente, no coordino el 171 ni tengo autoridad en cargos relacionados al área en cuestión.
A veces se me pasa por la cabeza comprarme un arma personal; de esas para civiles, pero opuesta como siempre he sido a la violencia, inmediatamente desisto, porque soy de las que piensa que un arma es para usarla, y tenerla, puede traer más problemas que soluciones.
Hoy, para colmo, cerca del mediodía, a una de mis primas —la menor— y a mi hija mayor, después de ir a tomarse un café en un conocido sitio de la localidad, las siguieron por media ciudad. A otro de mis primos —de mis contemporáneos— lo robaron a mano armada y le quitaron su vehículo.
Hablé con mis hijas y traté de explicarles el tiempo que vivimos. Su respuesta fue letal:
"Mami, ¿entonces tendremos que vivir encerradas?"
Se hizo un silencio total; no supe qué replicar en el momento.
Después de reponerme del impacto, les dije: hijas, no es que debamos vivir encerrados, pero sí debemos cuidarnos el doble; ir sólo a sitios con garantía de estacionamiento vigilado; mirar para todas partes antes de montarnos en nuestros carros; mantener una vigilancia periférica a través de todos los retrovisores; no llegar tarde en la noche, no dejarnos ver el celular públicamente.....y los etcétera serían largos de narrar. Sin embargo, hay una cosa que no les dije y que es mi mayor garantía: la oración. Cada vez que una de ellas sale, se la encomiendo a Dios.
Los venezolanos estamos sitiados; no hay otra forma de decirlo, y lo peor, es que estamos solos.